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El estilo de juego en los años 30

          En ocasiones se tiende a menospreciar la calidad de los ajedrecistas de épocas lejanas comparándolos con los jugadores actuales. Evidentemente, esto es un error. El juego de un ajedrecista depende de la época que le haya tocado vivir e incluso de la ciudad en la que habitó, ya que cada jugador se amoldará al ajedrez al que se tiene que enfrentar. Por eso, para entender las partidas de Martín de Ortueta, es necesario hacer algunas apreciaciones sobre los torneos madrileños de los años 30.

          Tras echar un vistazo a las partidas jugadas de aquella época, podemos hablar de un ajedrez quijotesco. La falta de preparación marcaba el paso y hacía que en muchas ocasiones se emprendieran arriesgadas aventuras, movimientos osados inaceptables a los ojos del ajedrez actual. Sin embargo, esa forma de jugar no carecía de lógica, el juego de los ajedrecistas españoles distaba mucho de lo que se conoce como práctica magistral, por lo que no era extraño tomar riesgos por falta de conocimientos estratégicos, lo que a veces desembocaba en posiciones sorprendentes y caóticas. El tesón y el juego aguerrido que mostraban muchos jugadores paliaba en cierta medida estos defectos.

           Ni siquiera eran tiempos sencillos para los organizadores, la puesta en marcha de un torneo era complicada ya que los jugadores sólo estaban disponibles los fines de semana o por las noches. Por este motivo, los torneos sociales podían alargarse durante meses, muchas partidas se aplazaban por la no disponibilidad de alguno de los jugadores y era habitual que los participantes que no estaban cumpliendo sus expectativas abandonasen el torneo poniendo las más variopintas excusas, con los contratiempos que esto originaba a los organizadores. En ocasiones había jugadores que habían finalizado su participación, mientras otros tenían pendientes varias partidas... un caos que hacía que los medios de comunicación y los aficionados perdiesen interés en los torneos. Sólo la mano firme de los organizadores conseguía que las competiciones se completaran. Estos comportamientos fueron duramente criticados en varios periódicos de la época, ya que la imagen de poca seriedad que se daba de cara al exterior era muy dañina.

           Así era el ajedrez hace décadas, un ajedrez más precario, menos exacto, con incorrecciones, errores y aciertos, pero un ajedrez que se convirtió en los cimientos de un crecimiento que llegaría muchos años después y que, por tanto, debe darse a conocer.

 

 

Un puzzle al que le faltan piezas

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